domingo, 30 de agosto de 2009

Sobre La Argentina empastillada.

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DISPUESTO A ESCUCHAR
"La vida es bella sin pastillas"






Por Osvaldo Pepe
opepe@clarin.com








Soy una persona que ha pasado por diversas depresiones, a causa de las cuales he sido medicada. La última de esas depresiones pasó hace ya 1 año y 8 meses, desencadenada por un amor errante y casquivano. Hoy sigo asistida por una psicóloga, una psiquiatra y un kinesiólogo, pidiéndoles actualmsente a los profesionales que me saquen de una buena vez tanta medicación que me "maquilla" la vida. Los amaneceres y los atardeceres son bellos sin estimulantes químicos. Tengo tres hijos, y una nieta que son una luz en mi vida. Espero que esta carta sirva de testimonio para los que quieren disfrazar con estimulantes la vida tan bella que Dios nos dio.
No digo que sea fácil, pero sí digo que se consigue. Todo lo que nos rodea se puede ver genuinamente cuando uno entiende la grandeza de la vida.






Nélida S. Bravo.
nellybella_2008@hotmail.com






EL COMENTARIO


La nota del domingo 16 de agosto en Clarín sobre el consumo de psicofármacos disparó la carta de Nélida. Allí se describió la radiografía de la "Argentina empastillada": un país en el cual en apenas cuatro años creció 20% la venta de antidepresivos y ansiolíticos. Se definió esa suma de conductas y hábitos como "la medicalización de la tristeza". Ese domingo, Nélida concluyó su lectura del diario con la decisión tomada. Quería contar su propia experiencia, dar su grito en ese desierto que millones transitan en silencio, sólo con auxilio de la química, para recomponer los males del espíritu y afrontar la vida menos desprotegidos. Nélida tenía en sus recuerdos imágenes tan fuertes que resistieron el arsenal de pastillas, que en todos estos años intentaron ir dándole las fuerzas que escaseaban. No le faltaban argumentos.Una infancia y una adolescencia a veces torturantes. Hermana mayor de otros siete, con un padre golpeador (Odilón, empleado ferroviario) y una madre entrenada en el oficio forzado de la sumisión (Catalina, ama de casa), fruto acaso de una equivocada visión sobre el amor y sus límites. La herencia de una mirada resignada de que la vida era así y no de otra manera.Un marido (Norberto, dueño de un taller de tornería), que ya no está pero a quien hoy recuerda como "una persona extraordinaria" y "un padre excelente". Fue él quien le dio la posibilidad de armar una familia feliz. Hoy los tres hijos de ese matrimonio (Cintya, Estefanía y Javier) le siguen diciendo que "a papá nunca lo vamos a olvidar".

La muerte de Norberto fue el primer paso hacia el abismo: ingratas peleas por el negocio familiar con un cuñado y esas preguntas sin respuesta que martillaban la cabeza de Nélida: "¿Qué hago con tanto dolor, que hago con el duelo, qué hago con los chicos?".Hizo lo que pudo, hasta intentó otra vez con el amor. No resultó y el mundo se le derrumbó como un castillo de naipes. Quedó vacía y las pastillas en serie sustituyeron la vida que se le escurría entre lamentos y tristeza. Ahora, a los 56, siente que otra vez vive. Aún la medican, pero ella cree que ya no lo necesita. Que Clarita, su nieta de 1 años y 7 meses, es un torrente de felicidad. Que ya puede buscar ese trabajo que le falta y necesita. Que la vida es bella y más que el título de una película exitosa o un párrafo de su carta al diario. Que es un mandato que hay que proponerse con obstinación militante. Nélida no es ingenua, sabe que la medicación fue y es necesaria en muchos casos, incluso el suyo, como una terapia bajo supervisión profesional. Ahora sólo siente que hay mucho por hacer. Con la cicatrices del pasado en la piel y en el alma. Herida, como cualquiera en la vida. Pero de pie, dispuesta con cada sol de la mañana a gritar "hoy empiezo de nuevo". Domingo, un buen día para imitarla.

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