jueves, 3 de septiembre de 2009

del editorial castrista.

Las noticias directas procedentes de Estados Unidos en
ocasiones producen indignación y a veces repugnancia.





Desde luego que en los últimos tiempos gran número de
ellas se referían a los problemas asociados a la grave
crisis económica internacional y sus consecuencias en
el seno del imperio. No son, por supuesto, las únicas
referentes a ese poderoso país. Cualquier página del
grueso volumen de noticias procedentes de un
continente, región o país del mundo, por lo general
está relacionada con la política de Estados Unidos. No
hay punto del planeta donde no se experimente la
avasalladora presencia del imperio.


Como es lógico, durante casi diez años las noticias
sobre sus brutales guerras ocuparon importantes
espacios de la prensa y más aún cuando estaba de por
medio una elección presidencial.


Nadie sin embargo había imaginado que en medio del
drama de las guerras de conquista aparecieran las
noticias sobre cárceles secretas y centros de tortura,
un bochornoso y bien guardado secreto del Gobierno de
Estados Unidos.


El autor de la grotesca política que condujo a ese
punto había usurpado la presidencia de Estados Unidos
en las elecciones de noviembre del 2000, mediante
fraude electoral en el estado sureño de la Florida
donde se decidió la contienda.


Después de usurpar el poder, W. Bush no solo arrastró
al país a una política de guerra, sino que dejó de
suscribir el Protocolo de Kyoto, negando al mundo
durante 10 años, en la lucha por el medio ambiente, el
apoyo de la nación que consume el 25 por ciento del
combustible fósil, lo que puede ocasionar a la especie
humana un daño irreparable. Ya el cambio climático está
presente en el incremento mundial del calor, que los
pilotos de aviones ejecutivos pueden observar a través
de los tornados de creciente fuerza que se forman desde
las primeras horas de la tarde en sus rutas tropicales
y pueden ser motivo de peligro para sus modernos Jets.
Están todavía por conocerse las causas del accidente
del avión de Air France que se desintegró en pleno
vuelo.


Nada sería comparable con las consecuencias del
descongelamiento de la enorme masa de agua acumulada
sobre el continente antártico, sumada a la que se
derrite sobre Groenlandia. Mi punto de vista acerca de
la responsabilidad que cae sobre Bush, lo sostuve en
reciente encuentro con el cineasta norteamericano
Oliver Stone al comentarle su filme: “W”, referido al
penúltimo Presidente de Estados Unidos.


Me limito a señalar que después de los errores y
horrores políticos de George W. Bush, el ex
vicepresidente Cheney, que fue su consejero, enarbola
la idea de que las torturas ordenadas a la CIA para
obtener información estaban justificadas por cuanto
salvaron vidas norteamericanas gracias a la información
obtenida por esa vía.


Desde luego que no salvó las vidas de los miles de
norteamericanos que murieron en Iraq, ni las de casi un
millón de iraquíes, ni los que en número creciente
mueren en Afganistán. Tampoco se sabe cuáles serán las
consecuencias del odio acumulado por los genocidios que
se están cometiendo o pueden cometerse por esas vías.


Se trata, entiéndase bien, de un problema elemental de
ética política: “el fin no justifica los medios”. La
tortura no justifica la tortura; el crimen no justifica
el crimen.


Tal principio se debatió y se sostuvo durante siglos.
En virtud de él la humanidad ha condenado todas las
guerras de conquista y todos los crímenes cometidos. Es
de suma gravedad que el más poderoso imperio y la más
colosal superpotencia que haya existido nunca proclame
tal política. Más preocupante aún no es solo que el ex
vicepresidente y principal inspirador de tan pérfida
política la proclame abiertamente, sino que un elevado
número de ciudadanos de ese país, tal vez más de la
mitad, la apoye. En ese caso, sería una prueba del
abismo moral al que puede conducir el capitalismo
desarrollado, el consumismo y el imperialismo. De ser
así, debe proclamarse abiertamente y pedir opinión al
resto del mundo.


Pienso, sin embargo, que los ciudadanos más conscientes
de Estados Unidos serán capaces de librar y ganar esa
batalla moral a medida que comprendan la dolorosa
realidad. Ninguna persona honesta en el mundo desea
para ellos, o cualquier otro país, la muerte de
personas inocentes, víctimas de cualquier forma de
terror, venga de donde venga.

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