jueves, 3 de septiembre de 2009

LEGALIZACIÓN DE LA DROGA

Legalizar las drogas para ilegalizar a Uribe.


Carlos Tena.

inSurGente.


Es este un debate cuyas raíces se confunden en la noche de los tiempos. De los tiempos en los que los inventores de la Coca-Cola se apercibieron de las
enormes virtudes de la hoja de coca, masticada o ingerida en infusión por nuestros antepasados, debido a sus propiedades estimulantes y como calmante ante la
sensación de hambre y fatiga.

¿Son nocivas las sustancias definidas como drogas, o es el abuso en el
consumo de las mismas lo que lleva a una persona a la misma muerte? Supongo que los establecimientos que en el mundo existieron y existen bajo el nombre de
droguerías, expenden casi todo, desde bien entrado el siglo XX, menos heroína, opio, alcohol, morfina, tabaco o cocaína.


En Bolivia, Colombia, Perú, los químicos, galenos, especialistas y sicólogos honestos aceptan de buen grado, porque así se ha demostrado científicamente, que
la hoja de coca es muy útil en el tratamiento de trastornos de las vías digestivas, cólicos, espasmos intestinales, calambres del estómago, dispepsia,
diarreas, etc. Por si fuera poco, es relajante, tónica y estimulante. Usada como gargarismo, atenúa el dolor producido por inflamaciones de la boca, encías y
garganta.

Su infusión (que bebió con placer la reina Sofía durante una visita a La Paz) se recomienda como tónico contra la melancolía, la depresión y algunos
tipos de afección nerviosa, avivando además las funciones del cerebro. Pero, como en muchos otros casos (tabaco, alcohol, café, etc.), el abuso de esta planta
es perjudicial, originando trastornos parecidos a la, embriaguez y el delirio. Como vemos pues, es el exceso y no el consumo responsable, lo que hace que la hoja de
esta planta sea en general, claramente dañina para el ser humano… aunque beneficiosa, sobre todo si residimos en lugares donde la altitud llega a más de 2.000 metros sobre el nivel del mar.


Lo malo es que, como sucede casi siempre, llegaron los yanquis y se armó la marimorena. El refresco que muchos nos negamos a beber, fue creado el 5 de Mayo de
1886. por John Pemberton, pero fue un tal Frank Robinson quien le dio el nombre, diseñando el célebre logotipo y vendiéndolo por vez primera en aquel mismo
año, en una farmacia de Atlanta (Georgia), anunciado como un brebaje sin alcohol, ideal para males de estómago, que ayudaba a paliar las jaquecas y curaba
afecciones nerviosas.

En su primer anuncio publicitario, que apareció en el rotativo Atlanta
Journal el 27 de Mayo de aquel mismo año, se ponía de relieve sus grandes cualidades como bebida y refresco: "Deliciosa, refrescante, estimulante y
vigorizante".


Sólo dos personas conocen hoy su fórmula, que se guarda en los sótanos del Sun Trust Bank Building de Atlanta, pero nadie a estas alturas pone en duda, que
los sucesivos presidentes de la empresa multimillonaria no han podido impedir que aquella se conozca en un 99%, en la que se precisa la utilización de una buena
cantidad de sustancia extraída de la hoja de coca.

Incluso esos astutos empresarios trataron de falsear la verdad, con descaro e impunidad, asegurando en los medios de comunicación que la hoja dicha planta había
sido sustituida por la cafeína, otro alcaloide, por cierto bastante nocivo si entra en el organismo en cantidades notables. Nada más incierto.


La fórmula original, mejorada notablemente desde mediados de los años sesenta, es la que el propio inventor, John S. Pemberton, dejó escrita en parte de
sus anotaciones personales, que pasaron de mano en mano
hasta el día de hoy.

Para nadie es un secreto que, salvando las proporciones, el bebedizo contiene, por
este orden:

azúcar acaramelada,
ácido fosfórico,
extracto de hojas de coca,
nuez moscada,
alcohol,
glicerina,
extracto de vainilla y
esencia de casia
(canela de la China),
coriandro,
nerolí y
lima.



Resumiendo: ¿Hay todavía algún incauto, que vacile ante una verdad del tamaño de la Catedral de Burgos, como es que el gobierno y el ejército norteamericano
controlan todos y cada uno de los campos cocaleros “legales”, en territorio colombiano y peruano (en Bolivia tienen muchas más dificultades), para
monopolizar la hoja de coca y asegurar la pervivencia del refresco más popular del globo, además de fiscalizar el 90% de la cocaína que se vende en el
mundo, a través de entramados en los que interviene la CIA, la DEA, el FBI y la Mafia cubano-americana de Miami, que proporcionan al presidente Uribe miles de
millones de dólares, y la simpatía de los ejecutivos de grandes empresas yanquis, consumidores habituales de la llamada droga de directivos y artistas?
¿Para qué menesteres, además de preparar la impunidad de los terroristas de la derecha venezolana, ecuatoriana y boliviana, son las siete bases militares que Uribe
entrega a Obama? ¿Cuál es el precio?


Holywood y Wall Street ya pueden estar tranquilos: la cocaína llegará puntualmente a los estudios de cine, edificios de grandes empresas, casas
discográficas, mansiones, villas de lujo e islas que aún detentan el título de paraísos… también fiscales.

El precio, no importa. La ruina y la muerte de los cocaleros, tampoco. El hambre, la miseria, e incluso el asesinato de quienes recolectan las cabezas verdes de
la adormidera (Papaver somníferum) o planta del opio, conocida como amapola, menos aún.

Se trata de robar, de explotar hasta la saciedad a quienes nada poseen. ¿Es
la democracia, señores?. ¿Es la libertad?


Ante ese panorama, hay que ponerse serios. La solución a la angustia de millones de personas, consumidores y familiares sin esperanza, es la
legalización de todas las sustancias hoy llamadas drogas.


Si los gobiernos despenalizaran en parte su consumo, que no el tráfico ilegal, adquiriendo de forma periódica a los países productores, miles de toneladas
de heroína, cocaína, opio, con idéntico rigor y seriedad como firman contratos para vender y comprar alcohol, tabaco morfina o café, se acabaría el inmenso
negocio de los narcotraficantes, llámense Posada
Carriles o Uribe, Berlusconi o García, Bush Padre, Hijo y Espíritu Maldito, Rina o Corleone, Obiang o Hassan, ahijados todos protegidos por la agencia
norteamericana DEA.



Como ya se acostumbra en unos pocos países europeos, donde los gobiernos muestran en ese tema un poco más de sentido común que los de España o USA (me
refiero a Holanda, Dinamarca y Suiza), los ejecutivos respectivos detentan un absoluto control sobre las drogas ilícitas adquiridas para el tratamiento de
enfermos.

Sería loable que cundiera el ejemplo, poniendo al servicio de especialistas, en hospitales y centros de recuperación, un arma que hoy resulta casi
imposible de lograr:

la eficacia en el tratamiento de las personas enganchadas, el abaratamiento en el costo que genera dicha terapia, y sobre todo, la supresión del gran negocio que supone para las agencias citadas en el párrafo sexto, el monopolio de las hojas de coca, de las plantas opiáceas (por tanto también de la heroína), adormideras, amapolas y demás regalos del Señor; plantas anatematizadas hipócritamente, explotadas y exportadas a medio mundo por los mismos
agentes que apresan cargas en todo tipo de vehículos.


Legalizar todas las drogas, poniéndolas bajo control estatal, es la única y más democrática medida para acabar con el narcotráfico y algunos de sus cabecillas:
el presidente de Colombia, Álvaro Uribe y su madrina la DEA.



En cierta ocasión, un amigo reflexionaba: Si por
una casualidad, el territorio de EEUU estuviera situado
a la misma altitud que Bolivia, o que algunas zonas de
Colombia y Perú, la cocaína se vendería en los estancos
y el alcohol sería considerado como droga letal.

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