sábado, 29 de enero de 2011

la tribu de los wikileaks y reglas del Chat ham House.

Un fantasma en las cumbres

No está porque no fue invitado. Y no fue invitado porque está procesado por la justicia sueca y pendiente de la británica sobre su extradición.

El Foro Económico Mundial, que se reúne anualmente a finales de enero en los Alpes Grisones, ha conseguido mantenerse en forma durante 40 años precisamente porque en cada ocasión ha sabido invitar a los personajes más expresivos y decisivos de cada época. Pero esta ausencia no ha mermado la presencia de Wikileaks en los debates davosianos, la controversia sobre la idea de transparencia que tienen los militantes de este tipo de organizaciones y la discusión sobre las consecuencias de las filtraciones en la política, la diplomacia y el periodismo. Al contrario, ha sido un acicate estimulado notablemente por la publicación, justo en los mismos días, de un largo artículo del director del New York Times, Bill Keller, consagrado íntegramente a explicar sus relaciones con Assange.

Dos han sido las mesas redondas directamente dedicadas a Wikileaks, ambas organizadas bajo las llamadas reglas de Chatham House (edificio londinense donde se aloja el Royal Institute of International Affairs), que permiten utilizar el contenido de las conversaciones pero no atribuir conceptos ni citar frases. La primera, una cena moderada por el editor (publisher) del New York Times, Arthur Sulzberger, en la que el gurú de los blogueros Jeff Jarvis solicitó infructuosamente la transparencia total y la anulación de la regla de reserva: lo cuento porque él mismo ya lo ha contado en su blog. Y la segunda, un taller de debate moderado por el periodista británico Nick Gowing, que abrió la sesión exhibiendo ostensiblemente el periódico con el artículo de Keller ante los asistentes: no le cito, meramente explico su gesto. Los títulos de ambas sesiones son suficientemente explícitos: 'Confidencialidad o transparencia: el dilema de Wikileaks' y 'La diplomacia en la era digital'.

Veamos este último tema con un tercer elemento que ha venido a enriquecer el debate, al menos en Davos: el gran filtrador ya no está solo. La filtración de 1.500 documentos de todo tipo (mapas, minutas de conversaciones, powerpoints, protocolos…) sobre las negociaciones entre israelíes y palestinos a la cadena de televisión catarí Al Yazira y al diario británico The Guardian abre muchos interrogantes sobre las valoraciones realizadas por Assange sobre la trascendencia histórica de su labor. Entre los politólogos y diplomáticos presentes en Davos no hay muchas dudas sobre el pecado de exageración en que ha incurrido Assange, de forma que su cablegate puede que sea la mayor filtración de la historia en número, en variedad de los temas y en pluralidad de países afectados, pero no lo es en calibre político e histórico. Muchos son los que piensan que esta filtración palestina es la palada definitiva a un proceso de paz que ya estaba muerto y en todo caso un golpe para Mahmud Abbas del que difícilmente se recuperará.

Recordemos el tweet de Wikileaks en el que anuncia la filtración histórica: “los próximos meses veremos un nuevo mundo, en el que la historia global quedará redefinida”. Algunas valoraciones entran a fondo: no hay cambio alguno en las relaciones internacionales, tampoco en la política exterior estadounidense, y en todo caso sí los hay —y estos de enorme calado— en la forma de conducir la diplomacia y en la comunicación entre los gobiernos y entre estos y los ciudadanos; pero incluso estos cambios son anteriores y más consistentes que una mera filtración, por masiva y trascendental que sea.


Es muy interesante conocer de boca de ministros, secretarios de Estado y embajadores de todo el mundo cómo se comunican actualmente a través de móviles, sms o mensajes de texto; cómo estos nuevos medios influyen en las relaciones internacionales; hasta qué punto rebajan las barreras de seguridad ante el espionaje o la filtración; y, sobre todo, cómo contrasta el nuevo mundo digital con unas estructuras, normas de trabajo y hábitos modelados hace más de un siglo y medio. Es posible que los cables del Departamento de Estado representen un momento decisivo de toma de conciencia sobre este cambio, pero es amplio el consenso respecto a que no significa el momento del cambio mismo.

Junto a las críticas a la exageración en las valoraciones y en las reacciones, hay que notar algo en lo que todo el mundo está de acuerdo, en Davos al menos, sin necesidad de ampulosas declaraciones históricas: las filtraciones han tenido un papel decisivo en el derrocamiento del dictador tunecino Ben Ali y en la ignición de la revolución democrática árabe.

Regresemos ahora al primer tema, el dilema entre confidencialidad y transparencia, junto a la aparición de un nuevo actor, tan activo como Assange, aunque menos misterioso y polémico, como es el disidente y despedido de Wikileaks, Daniel Domscheit-Berg, que ha contado en Davos su proyecto de Openleaks. Domscheit está en el partido de la transparencia, enfrentado al partido del control clásico del poder (accountability).

Los periodistas, en medio, defendemos el derecho a publicar las informaciones relevantes, algo que viene favorecido por la transparencia y contribuye al control del poder; pero con el filtro de la responsabilidad profesional. Sospechamos de la transparencia absoluta, defendida por el partido de la disrupción (eufemismo de moda por la subversión o la revolución de antaño), como de la defensa del secreto oficial por defecto (todo lo que no ha sido autorizado es secreto), defendida por el partido de la confidencialidad. Y sospechamos de quien no quiere aplicarse a sí mismo la transparencia que predica: Wikileaks y Assange, en concreto, como sucede con otras ONG, de otra parte. Domscheit pretende superar este problema con un instrumento para recoger filtraciones que sea neutro y no sometido a caprichos personales. Habrá que esperar y ver.

No termina aquí el debate. Activistas y funcionarios quisieran conceptos cortantes: de transparencia absoluta los primeros o de reglamentación y ordenamientos detallados los segundos. Los intelectuales y los periodistas saben que la vida está hecha de negociaciones y de pactos: hay que optar entre valores y aceptar gradaciones del mal, en vez de la ambición arcangélica que se erige en defensora del bien absoluto. Y más en concreto: unos entienden que estos dilemas sólo afectan a los poderes públicos; otros, el estadounidense Jeff Jarvis por ejemplo, que a quien más afecta es a los consumidores ante las empresas privadas, las que menos practican la transparencia.

Pero nadie como Bill Keller ha contado la actitud de los periodistas, en su extensa y extraordinaria narración sobre sus relaciones con Assange, leída con fruición por los davosianos implicados en el debate. Ahí está todo. Están los criterios y valores del periodismo, y más en concreto del periodismo estadounidense, celoso de la protección constitucional que goza y que lo ha convertido en el mejor del mundo y de la historia. Y ahí está también un nuevo y sabroso retrato de Assange, de imposible resumen en pocas líneas, pero que se sintetiza en su descripción como “un personaje de las intrigas de Stieg Larsson, un hombre que podría aparecer como héroe o villano en una de sus novelas suecas donde se mezclan la contracultura hacker, la conspiración de alto nivel y el sexo como entretenimiento y como violación”.

(Enlace con el artículo de Bill Keller. También The Guardian publicó ayer su propia historia sobre Assange, adelanto de un libro que ya está en el mercado. Este fin de semana el semanario Der Spiegel publica también su versión sobre los tratos con Wikileaks. Anteriormente también lo había contado El País, en un artículo del director.)

Egipto. Mubarak // Suleiman

Ola de cambio en el mundo árabe - Revolución democrática en Egipto

Egipto se pone en manos de los militares
"No dispararemos contra el pueblo; si nos dan la orden, la desobedeceremos", dice un oficial en El Cairo - El vacío de poder ha degenerado en violencia y vandalismo

ENRIC GONZÁLEZ (ENVIADO ESPECIAL) - El Cairo - 30/01/2011



"Es el día más feliz de mi vida", gritaba un hombre encaramado a un tanque. El de ayer amaneció, sin duda, como un día feliz para millones de egipcios. La victoria de la revolución parecía al alcance de la mano. La multitud de la plaza Tahrir seguía exigiendo la dimisión del presidente Hosni Mubarak y el fin de la dictadura. Pero Mubarak no se iba. Al contrario, luchaba por su supervivencia política. Nombró un vicepresidente, Omar Suleimán, hasta ahora jefe de los servicios secretos y presunto hombre de transición, y un nuevo Gobierno. Mientras el desorden se extendía por un país sin policía y se acumulaban los muertos, decenas, tal vez un centenar, y menudeaban los saqueos, la felicidad de la mañana se combinaba al anochecer con la incertidumbre y el miedo al caos. El Ejército se mantiene mudo, pero los jefes de Estado de Reino Unido, Francia y Alemania piden a Mubarak que evite la violencia.

* Suleimán, el nuevo hombre fuerte

* Mubarak, ensangrentado
* La noche sin dueño de El Cairo
* ¿Quiénes hacen la revolución?
* El Baradei: "Es hora de que Mubarak renuncie; si no, Egipto va a colapsar"
* ¿Efecto dominó? Sí, pero a su ritmo
* La rabia quema Oriente Próximo
* La pieza clave del rompecabezas


Hosni Mubarak
A FONDO

Nacimiento:
04-05-1928

Lugar:
Kufr el-Musailaha

Egipto
Egipto
A FONDO

Capital:
El Cairo.

Gobierno:
República.

Población:
81,713,52 (est. 2008)



Está claro que a Mubarak no le han abandonado sus aliados extranjeros

El único signo de normalidad fue el retorno de la telefonía móvil

El destino de Egipto dependía del Ejército, la única institución respetada. Y la imagen del Ejército que contemplaban los ciudadanos estaba compuesta por soldados que se abrazaban a los manifestantes, camiones militares en cuyo lateral alguien había pintado frases como "Mubarak, dictador" o "Mubarak y familia, ilegales", blindados cargados de gente exultante. "En ningún caso dispararemos contra el pueblo; si nos dieran esa orden, la desobedeceríamos", aseguraba, a las diez de la mañana, el comandante de las fuerzas desplegadas en la plaza Tahrir y sus alrededores.

En un proceso revolucionario abundante en contradicciones, esa era la más flagrante. ¿Podía el Ejército desobedecer las órdenes de su jefe supremo, Hosni Mubarak, presidente de la república y general de aviación? ¿Mantenía realmente Mubarak el control de la situación? ¿Intentaba solo ganar tiempo? ¿Era el descenso hacia el caos una táctica premeditada para que los egipcios pidieran la vuelta de la policía y el orden, aunque hubiera que soportar también la vuelta de la represión y la tortura? Ningún general se pronunció sobre la situación. Los tres presidentes egipcios (Nasser, Sadat, Mubarak) desde la caída de la monarquía, 60 años atrás, han salido del Ejército, lo cual da una idea de la influencia militar.

El vacío de poder, real o aparente, resultaba clamoroso. Tras su alocución televisiva del viernes por la noche, en la que advirtió de que la línea que separaba la libertad del caos era muy fina, Mubarak volvió al silencio de su palacio. Solo reapareció brevemente en televisión para mostrarse nombrando a Omar Suleimán como vicepresidente, una novedad en un régimen en el que durante 30 años solo había existido el faraón Mubarak y, por debajo de él, súbditos. Suleimán se perfilaba como el hombre de recambio, el hombre encargado de pilotar una hipotética transición. A algunos ciudadanos les parecía bien, aunque se hubiera encargado de los servicios secretos y, en último extremo, de la represión. El odio popular se concentraba en Mubarak, el Ministerio del Interior y la policía.

En la calle no existía otro poder que el de la multitud revolucionaria, que gritaba y gritaba y gritaba contra Mubarak, y el de los grupos, crecientes, que aprovechaban el vacío para incendiar y saquear. El viernes, los asaltos se dirigieron a la sede del Partido Nacional Democrático y las comisarías de policía, donde los manifestantes liberaron a los detenidos y prendieron fuego. Esa noche, algunos grupos violentos se dirigieron hacia el Museo Egipcio (que sufrió daños, pero no fue saqueado gracias a la reacción de otros ciudadanos) y hacia centenares de comercios y negocios. Bares y clubes nocturnos quedaron arrasados, acaso por grupos de orientación islamista. En general, los robos afectaron a negocios comunes: zapaterías, restaurantes, joyerías, farmacias. Lo mismo ocurrió en Alejandría y otras ciudades.


El único signo de normalidad fue el retorno de la telefonía móvil, las líneas, sobrecargadas, solo funcionaban a veces, pero funcionaban. Internet, en cambio, permaneció cerrado.


La euforia y la tragedia solo se distanciaban unos metros. En la plaza Tahrir se gritaba, se reía, se compadreaba con los soldados; hombres, mujeres y niños disfrutaban del momento. En esa misma plaza se registraban ocasionales disparos de francotiradores desde el Ministerio del Interior. Y en el patio de una mezquita que casi se asomaba a la plaza se acumulaban los heridos, varios de ellos de balas. La plaza Tahrir era un microcosmos de una ciudad de 20 millones de habitantes y de un país de 80 millones de habitantes, balanceándose entre la sensación de libertad y el horror del caos, entre la esperanza y el temor, zarandeados por los rumores más diversos.

Era imposible conocer el número de muertos y heridos. La televisión oficial habló de unos 40 muertos y de más de un millar de heridos. Fuentes médicas elevaban la cifra hasta el centenar de fallecidos. Ante la ausencia de Gobierno (el antiguo había sido destituido, el nuevo aún no se había incorporado y, de todas formas, a nadie le importaba), ningún organismo ni institución oficial llevaba recuentos ni ofrecía datos.

"Da igual el precio que haya que pagar porque ya nos han golpeado mucho y han muerto muchos, no abandonaremos la calle hasta que Mubarak se vaya, no es posible dar marcha atrás", aseguraban dos hombres de mediana edad, farmacéutico uno, ingeniero el otro. ¿Daba igual el precio? Horas después, al anochecer y al comenzar un nuevo toque de queda que, como el del viernes, nadie se preocupó por respetar, afloraban síntomas de que el precio, al final, sí podía ser importante.

La muchedumbre empezaba a degenerar en horas. Jóvenes que el día antes se habían enfrentado con la policía se adueñaban de la situación, provistos de palos, navajas y armas de fuego. Según la televisión Al Yazira, podían ser provocadores relacionados con las fuerzas de seguridad. Surgían grupos más o menos armados que decían estar dispuestos a defender sus familias y sus propiedades ante la amenaza de los otros grupos más o menos armados que se dedicaban al saqueo. Un 20% de la población egipcia vive con dos dólares al día. Eso da una idea de que el robo impune puede resultar tentador para muchos.

El desenlace de la revolución todavía era impredecible. ¿Ahora, qué? Esa era la gran pregunta sin respuesta. La de ayer fue una jornada peculiar, porque los sábados son semifestivos: el sector público trabaja, pero no el privado. Los funcionarios se quedaron en casa o en la calle. "Nos ha llamado el director y nos ha dicho que no fuéramos", explicó un maestro que tomaba té y fumaba una pipa de agua en uno de los raros cafés abiertos. El domingo, sin embargo, es laborable. La televisión oficial anunció que la Bolsa, que no dejó de caer en los últimos días, los bancos y las universidades permanecerían hoy cerrados.

La paralización del país por un tiempo indefinido entrañaba una cierta ambivalencia: podía favorecer el ímpetu revolucionario y quebrar por completo la aparentemente frágil conexión de Mubarak con el poder real, pero también podía agravar el desorden y el miedo de las clases altas y medias y favorecer una contrarrevolución aún más rápida que la revolución misma.

Una cosa aparecía clara: a Mubarak no le habían abandonado sus aliados. EE UU, primero. El presidente Barak Obama reclamó reformas, no la caída del régimen, y fue significativo que Mubarak nombrara a Suleimán como vicepresidente tras conferenciar por teléfono con el inquilino de la Casa Blanca. Israel no dijo nada, pero no cabía dudar de que seguía prefiriendo a Mubarak (o a Suleimán) antes que cualquier otra opción. El presidente palestino, Mahmud Abbas, envió un mensaje de respaldo a "la estabilidad y el orden en Egipto".


Suleimán, el nuevo hombre fuerte

- Nacido el 2 de julio de 1936 en Quena (sureste de Egipto), se enroló en el Ejército en 1954. Recibió entrenamiento adicional en la Academia rusa de Frunze, en Moscú.

- Participó en la guerra de Yemen en 1962 y en los conflictos contra Israel de 1967 (guerra de los Seis Días) y 1973 (guerra del Yom Kippur).

- Tras estudiar Ciencias Políticas en la Universidad de El Cairo, se convirtió en 1993 en director de los Servicios de Inteligencia (EGIS, en sus siglas en inglés).

- Este puesto le ha permitido jugar un papel fundamental en las relaciones diplomáticas de la región, incluyendo las negociaciones con Israel y con su principal aliado, Estados Unidos.

- Según la revista Foreign Policy, es el jefe de inteligencia más poderoso de Oriente Próximo, incluso por delante del máximo mando del Mosad israelí.

- Ha sido el arquitecto de la desintegración de los grupos islamistas que lideraron el alzamiento contra el Estado en los noventa. Es responsable de los archivos de política de seguridad.

El País.cr

El nuevo gobierno de Túnez es aplaudido: "La revolución está a salvo"
ANÁLISIS
Fuente: Clare Byrne (dpa) | 29/01/2011
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París/Túnez, (dpa) - Desde el primer día del gobierno de unidad nacional tunecino que reemplazó al depuesto Zine el Abidine Ben Ali, sus miembros se vieron acosados por las protestas que pedían la dimisión de toda persona que hubiese estado vinculada al dictador, ante el temor de que podrían poner en peligro la revolución.

Así, bajo la lupa de los manifestantes estaban los ministros de Exteriores, de Defensa, de Interior y de Economía, que habían servido a las órdenes de Ben Ali.

El hecho de que estas personas hubiesen sido incluidas en el gobierno de transición levantó la sospecha de que el viejo régimen estaba todavía llevando las riendas en Túnez y de que pretendía dar continuidad al anterior sistema en lugar de impulsar cambios.

Pero el jueves, tras cuatro días de masivas concentraciones frente a las oficinas del gobierno, el primer ministro interino, Mohammed Ghannouchi, nombró un nuevo gabinete sacando de él a la mayoría de las figuras problemáticas.

Aparte del propio Ghannouchi, solo quedan de la vieja guardia del dictador los ministros de Planificación y de Industria, cuyo partido gobernó el país durante casi medio siglo, hasta que el 14 de enero Ben Ali huyó.

Los otros 12 ministros nuevos son tecnócratas sin relaciones conocidas con la política. Por eso, tan pronto como se supo de la formación del gabinete, se oyeron gritos de júbilo en la calle.

"La revolución está a salvo, nuestra voz ha sido escuchada", decía un manifestante al periódico "Le Figaro" en la ciudad de Kasserine, en el corazón agrario del país, donde se gestó la revolución.

"Debería (el nuevo gobierno) atender todas las demandas hechas, tenemos un gobierno tecnócrata, dejémosle trabajar ahora", comentó a dpa Arbi Chouika, profesor del instituto de Prensa y Ciencias de la Información de Túnez.

Karim Emile Bitar, especialista en temas del Magreb del instituto de Relaciones Internacionales Estratégicas de París, comentó el recibimiento del nuevo gobierno: "Grosso modo, el nuevo gabinete ha sido bien recibido, hay varios individuos con cualidades (en el nuevo gobierno)".

Pero Bitar añadió que el camino no será fácil: "El mayor reto ahora es que el gobierno convenza a la juventud de que las elecciones serán libres y limpias".

El viernes, alrdedor de 1.000 personas continuaron pidiendo la marcha de Ghannouchi, a pesar de la promesa del político de dejar el cargo en las próximas elecciones.

La oposición también ha dado muestras de división con respecto al nuevo gabinete. Por ejemplo, el sindicato mayoritario, la Unión General de Trabajadores Tunecinos (UGTT), que rehusó tomar los tres asientos que se le concedían en el primer gabinete y que llamó a una huelga general dio su visto bueno a la administración, al tiempo que rechazaba obtener una representación.

Por otra parte, también se están llevado a cabo negociaciones secretas para formar un consejo que "supervise" el trabajo del nuevo ejecutivo y se asegure de que cumple sus promesas.

"Según mi punto de vista, la transformación es irreversible. Nadie se atreverá a volver a las antiguas prácticas (represivas)", dijo a dpa el director general del Ministerio de Exteriores, Radhouane Nouicer, durante una reunión de la Unión Africana en Etiopía.

La tarea principal del nuevo gobierno es organizar unas elecciones libres y limpias dentro de los próximos seis meses, las primeras desde la independencia de Francia en 1956.

Una comisión anticorrupción, que había sido anunciada por Ben Ali como una de las medidas que adoptó en los últimos días de mandato para quedarse en el poder, todavía tiene que comenzar con su trabajo.

Pero no es lo único debe reiniciarse: también el turismo, definido por un ex ministro como "el pulmón económico" del país.

"(El gobierno) paso dado en respuesta a las demandas populares", dijo Nouicer, añadiendo: "Ahora, los comités podrán investigar los abusos de poder, la corrupción, etcétera y el auténtico debate político podrá empezar".

domingo, 23 de enero de 2011

La crispación furiosa - García Montero.

La mansedumbre furiosa


La gente está indignada, muy indignada. Si atendemos a las intervenciones de los oyentes en la radio o de los paseantes en los informativos de televisión, escuchamos argumentos de santa indignación. Los medios periodísticos se han convertido en una seleccionada representación pública del furor privado. Todo se somete en tiempos de crisis a la valoración económica. La angustia real o imaginaria de muchas familias hace que cualquier asunto, hasta el canto de los pájaros, parezca un derroche.

Las discusiones sociales estallan como si los problemas fuesen el fruto de un Estado manirroto. Se aprueba por fin el uso en el Senado de las lenguas oficiales de España, y brota el escándalo. La existencia de esas lenguas y sus literaturas supone una riqueza sociocultural que nos debería alegrar. Pero el debate se reduce a la furia por un gasto humilde. Los que más invocan el amor a España demuestran una antipatía furiosa ante una realidad española compartida.

No se trata de un caso aislado. Las autonomías son llamadas ahora al debate político para simplificar su significación con la palabra déficit. Las radios y las televisiones públicas no simbolizan una necesaria inversión colectiva en las informaciones veraces, sino un gasto inútil. En vez de discutir sobre la seriedad profesional de sus directores, hablamos de sus pérdidas. Los funcionarios también son un abuso de la administración, empeñada en contratar personal, ¡con un empleo estable!, para atender a sus ciudadanos. Y el coche oficial en el que un alcalde o un consejero van de un sitio a otro a lo largo de las 24 horas del día, de una inauguración a un conflicto, resulta un lujo inadmisible. No digamos ya el sueldo de los sindicalistas que pierden el tiempo de asamblea en asamblea y de negociación en negociación para conseguir un convenio colectivo justo y defender los derechos de los trabajadores. Todos estos gastos producen indignación. El Estado es culpable.

No es extraño. Cuando hay crisis, las familias miden los gastos en aquello que conocen. Aunque la Administración pública no es todo lo transparente que debiera, los ciudadanos tienen por lo menos noticias de sus comportamientos. La lógica de los bancos y las multinacionales es mucho más opaca y queda muy lejos de la sabiduría popular. Por eso las familias hacen cuentas y deciden recortar los gastos que comprenden, es decir, la merienda del niño, la pastilla del abuelo y la programación teatral a la que está enganchada la hija mayor. Como el pensamiento crítico ha desaparecido, a la familia ya no se le ocurre pensar en otro tipo de economías. ¿Quién se atreve a decir que necesita un salario más digno o que los bancos deberían abusar menos con los intereses de sus préstamos? ¿Quién protesta por las privatizaciones de las eléctricas o por la especulación en el precio de la gasolina?

Esta situación produce una mansedumbre furiosa. Todo el mundo está indignado, verdaderamente indignado, pero dentro de la mansedumbre, porque nadie se atreve a rebelarse contra el poder. La indignación es así un sentimiento de rabia impotente, enjaulado en ese conjunto de soledades que componen las multitudes del siglo XXI. Las ilusiones colectivas dejan su lugar a las furias insolidarias. Los chivos expiatorios de esta mansedumbre furiosa, insolidaria por definición, somos nosotros mismos. Nuestro odio rebota y nos deja sin derechos. Se me puede argumentar que los políticos son muy criticados. Aunque su descrédito exige un debate extenso, permítaseme aquí resumir mi argumento. El verdadero crimen de los políticos no ha sido causar la crisis con sus gastos, sino la irresponsabilidad cívica de no atreverse a poner firmes a los verdaderos causantes. Así que el rencor contra los políticos forma también parte de la mansedumbre furiosa, porque sólo sirve para desviar la atención del horizonte financiero. Si fuera de otro modo, sería impensable que el desgaste del PSOE supusiese la victoria del PP.

Aclaro que soy consciente de la necesidad de ajustar gastos en la Administración y de que hay comportamientos éticos inadmisibles. Pero no quiero referirme ahora a eso. Hablo de la mansedumbre furiosa de una sociedad que no dirige sus protestas a los culpables reales de sus humillaciones. Ante la violencia del poder, se enfada, pero mira hacia otro lado y deja pendiente el camino de una serena y firme rebeldía.

Del blog ASALTAR LOS CIELOS EN BLOGSPOT.COM


DE LA TRAICIÓN DE CLASE CONSIDERADA COMO UNA DE LAS BELLAS ARTES




Con licencia de Thomas de Quincey, que ha inspirado el título de este artículo.

Marat



Historia de una infamia relatada por sus actores: Paganini (Gobierno, patronal, FMI) y sus asalariados de la traición de clase (CCOO y OGeTe):

"La historia se repite dos veces, la primera como tragedia (Huelga General del 29-S a la que los asalariados de la traición de clase fueron diciendo que era "una putada tener que convocar una Huelga General"), la segunda como farsa" (tras una Huelga General hecha para traicionar la lucha y lograr convertirse de nuevo en "interlocutor necesario").

La escenificación de "desacuerdos" de CCOO y OGeTe en sus escabrosas escenas del sofá con el Gobierno no es otra cosa que un intento de representar un sainete de púdica doncella esquiva a los requerimientos lúbricos de Don Juan (Gobierno, patronal, FMI) para su adocenada y apesebrada base de memos desmovilizados.

La conjura de los miserables daña del modo más indecente al auténtico sindicalismo de clase y abre las vías a la derecha PPera para que su futura cirugía de caballo golpee a los trabajadores como el mazo de Thor y lo haga entre la resignación social más desoladora que pueda imaginarse.

A menudo el caballo de Troya no es un regalo envenenado del enemigo declarado sino la traición de los que habitan dentro de la fortaleza sitiada.

Cubrir de salivazos el rostro de los canallas y a sus apologetas sería el acto más benévolo que podrían tener hacia ellos los trabajadores. Todo mi desprecio a esa caterva de pancistas y a sus apologetas con carné pero sin sangre.

Por insuficiente y mejorable que pueda ser el sindicalismo combativo de quienes sí se movilizan, hay en su voluntad de lucha infinitamente más dignidad que en las burocracias bienpagadas, en los delegados sindicales y las bases que callan, en los partidos de esa izquierda nominal que, desorientados y angustiados, se sorprenden de la traición de los mayoritarios pero no rompen con ellos, denunciando públicamente su ignominia.

Roma sí paga a traidores y lo hace bien, sea en especie (locales), en dinero sucio (con frecuencia alrededor de los momentos de negociación o “conflicto” pactado), bien en sinecuras particulares pero a todo cerdo le llega su San Martín.

La vileza de la que están haciendo gala acabará teniendo sus consecuencias porque hasta los más serviles y rastreros de quienes justifican el engaño y el apuñalamiento de los derechos de los trabajadores a manos de estos esbirros liberados del capital, hasta quienes los critican fieramente en petit comitè pero suavizan calculadamente sus condenas en público, acabarán pagando las consecuencias de la vileza de estos sEndEcatos verticales.

Se puede ser imbécil y cómplice de la traición mientras salga gratis pero la represión social que nos espera a todos con las nuevas leyes del Dracón liberal y las que vendrán después les alcanzará también a ellos, incluso a esos “sindicaleros” de comités de empresa de la función pública. También allí habrá despidos cuando los indecentes “mercados” exijan nuevos sacrificios humanos al dios Moloch. No hay bastante pesebre para tanto cabestro.

Es hora de comprender que quienes han unido su propia supervivencia y sus destinos al de este sistema que nos masacra son tan destruibles como el propio sistema al que sirven entregando a quienes en otro tiempo fueron sus hermanos. Ellos no son de nuestra clase. Ellos no son nuestro instrumento de lucha sino uno más de los aparatos que sustentan el sistema, lo legitiman y nos amordazan, después de desarmarnos y ponernos a los píes de los caballos del capital.

Aducir que no debe llamarse a abandonarlos en masa porque en ellos está la mayor parte de los trabajadores organizados y no hay sindicatos alternativos lo bastante fuertes para sustituirlos es, consciente o inconscientemente, tan criminal como defenderlos o justificarlos. Hace tiempo que esos organismos están muertos, sin sangre que circule por sus venas. En ellos sólo vegetan los que viven de parasitar a la clase trabajadora. No son organizaciones nuestras. Son otra cosa: nuestros enemigos, Actúan contra nosotros, nos apuñalan por la espalda, nos venden por 30 monedas no de plata, sino de cobre. Sus bases no son otra cosa que una burguesía mental y castrada para la lucha, mansos que ni siquiera los matadores al servicio del capital (gobiernos) quieren para un simulacro de lucha de clases porque deslucen la faena.
La lucha sindical y social ya no puede hacerse con ellos sino también contra ellos, los peores esquiroles.