lunes, 21 de marzo de 2011

Fukushima / Chernóbil

Estábamos en la gran explanada ante la que se alza el gigantesco sarcófago del reactor número 4 de Chernóbil (el primer grupo de periodistas extranjeros en entrar en la central tras el desastre nuclear) y un funcionario soviético nos explicaba la perfecta estanqueidad de ese coloso de hormigón, plomo, arena y ácido bórico. “En la Plaza Roja, la radiactividad natural del granito del subsuelo es superior a la que ahora tenemos aquí”, dijo.
Cuando terminó, el cámara de una televisión sueca pasó a enfocar al presentador, quien, aún en directo, se sacó del bolsillo interior un contador Geiger. Nunca olvidaré cómo se puso a ulular, con todas las luces rojas destellando y la aguja vibrando en el tope de la escala. El funcionario soviético permaneció impertérrito, como si eso sólo demostrase la veracidad de su falso discurso.
Tres años antes, cuando cubrí desde la redacción la catástrofe de Chernóbil, comprobé cómo el Kremlin difundía una mentira tras otra, acusando a los periodistas de alarmismo infundado, hasta que la catástrofe ya no se pudo ocultar más.
Al menos en esto –y parece que en muchas más cosas–, Fukushima es igual a Chernóbil, pues el Gobierno de Tokio ha estado mintiendo desde el principio de la crisis sobre la seguridad de los reactores dañados por el tsunami. Ahora bien, se podría argumentar que tiene todas las razones para mentir a la población, ya que la verdad provocaría un estallido incontrolable de pánico.
Pero es de todo punto injustificable que políticos, incluso expresidentes, que cobran de la industria atómica traten de convencer a los ciudadanos de que las nucleares son la única solución.

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