domingo, 21 de agosto de 2011

Miguel Mora

Solo unas líneas para agradecer, de corazón (tan rojiblanco), al jurado del XXVIII Premio Cuco Cerecedo, con el incorregible Miguel Ángel Aguilar al frente, por haber cometido el maravilloso error de haber puesto a un servidor, que antes escribía de flamenco y ahora suda para juntar unas cuantas letras vaticalianas, a jugar una temporada en una liga en la que han jugado mitos como Soledad Gallego-Díaz, Maruja Torres, Enric González, Javier Pradera y ¡Rafael Sánchez-Ferlosio!

La verdad es que no sé qué pinto yo ahí, y lo digo sin falsa modestia ni falsa vanidad (ambas son sinceras, pero más la segunda). Como decía Morente en casos así, "seguramente no tenían una víctima propiciatoria más a mano, Miguelico". Pero, en fin, a lo hecho pecho, y no vamos ahora a ponernos estrechos y a decir, como Ánson en miss España, que no son todos los que están ni están todos los que son. Solo había uno y ha caído en Roma, seguramente porque, como los lectores vaticalianos saben, Vaticalia es, salvando todas las distancias, un territorio más del realismo mágico, o quizá dadá: no hace falta exagerar una mijita, la realidad supera muyyyy largamente a la imaginación más calenturienta, y con abrir el ojo y poner en marcha la grabadora el 90% del curro está hecho.

Sospecho, hoy más que nunca, que los irreductibles que afirman que soy primo de Lele Mora y como él un mero producto de la insultante y excesiva modernidad mediática de B. no se equivocan para nada. Así que, como es de justicia, le doy las gracias a él también, fascinante, aterrador y adictivo fenómeno de feria, por tantos buenos titulares, tantas crónicas que se escriben solas, tantos delitos impunes, tanta capacidad de compra y supervivencia, tanta velina, tanto mafioso, tanto masón, tanta ley ad personam, tanto horror y tanta energía. No creo que haya hoy en el mundo cinco personajes dotados de semejante poder y atributos, y puedo anticipar solo una cosa. Nos enterrará a todos.

Cuando yo esté de corresponsal de un gratuito en Móstoles, o criando malvas junto al Calderón, él seguirá dando guerra y creando de la nada nuevos premios Cerecedos para la pequeña "posterioridad", que decía el Pollito de California, periodística.

Pagado el tributo al capo, una nota sentimental, o dos: jamás pensé que recibir una llamada telefónica de alguien llamado Pío Cabanillas iba a producirme semejante emoción. Confieso que cuando Diego Carcedo dijo "te paso a Pío Cabanillas", pensé que me iba a comunicar una querella de Acciona por haber metido alguna pata colateral en algún artículo sobre el puente del Estrecho de Messina o un destrozo similar. Pero no, Pío XIII era el presidente del jurado y anunciaba la buena nueva. Lagrimones corrían Iphone abajo.

Última cosa, esta algo más seria. Soy atletista, fumo más que Luis Aragonés y por tanto encajo casi cualquier cosa sin rencor y con cínica deportividad. Además, desciendo de la montaña oscense, y agradezco infinito haber podido aprender, trabajar y crecer durante 21 años en un diario que da a sus periodistas medios, protección e independencia para contar a los lectores lo que ven, sin presiones y en plena libertad.

Ese es el ingente patrimonio inmaterial de este periódico que ahora cumple 35 años. El resto lo pone la lealtad, la calidad y el compromiso de una Redacción profesional hasta el tuétano, sobrada de sensatez, amor al oficio y respeto a la inteligencia de los lectores.

Algunos de esos periodistas de una pieza ya se han jubilado, un puñado sigue al pie del cañón. Todo mi cariño y gratitud va hoy para dos amigos y compañeros, sabios y ejemplares. Como son como son, ninguno de los dos quiere ser citado. Pero ellos saben quiénes son. Muchas gracias a los dos. Este premio es para vosotros, profesores. Ex aequo con B., claro.

Viva vaticalia.

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